Pocos dias en Santiago de Chile, después de vivir 6 meses en Buenos Aires, huyendo de Venezuela, pero muchas deseando un día despertar en casa, pero solo por nostalgia, nada mas.
Resulta que no son los mejores momentos de mi vida, pero no son los peores, creo que por certeza he estado peor, solo que ahora es una mezcla de madurez, porque sé qué me pasa, y sé qué debo hacer, y sé como debo sentirme, es como querer ir a saltar en el castillo inflable, pero sabes que no puedes.
Carlos invitó a varios de sus amigos a reunirse a tomar y fumar el viernes en la noche, también invito a ese chico con quien el sale, ya el me había contado el día anterior de que iban a venir, de que él iba a venir, me incomodé, no lo pude negar, no lo pude obviamente ocultar, no tengo esa virtud, tuvimos una discusión y me volví loco, me degradé, y dije tantas tonterías como para burlarme de mi mismo por el resto de mi vida y sentir vergüenza.
Mientras todos disfrutaban, y todos reían, y la pasaban bien, yo solo estaba pendiente de no ver de reojo a Carlos y su amigo especial demostrándose cariño, cuando el me dijo el día anterior que no haría eso, que no es su estilo. Conversé con quien tuvo la amabilidad de preguntarme algo, y con quien tuvo la simpática idea de incluirme en la noche, la noche que no se acababa, solo quería dormir.
Poco a poco se despedían, no eran muchos, pero para mi sorpresa, uno se quedó, se quedó a dormir y ocupar el espacio de la cama donde yo pensé que dormiría esa noche, creo que fui inocente, terminé en el sofá, sin pre-aviso, así de simple, tú duermes aquí, y en la siguiente noche pasó lo mismo, pero ya yo sabia cual era mi lugar.
Son lindas las historias de quiebre.
Te liberan.
Y se llevan un poquito de tu dignidad.
Resulta que no son los mejores momentos de mi vida, pero no son los peores, creo que por certeza he estado peor, solo que ahora es una mezcla de madurez, porque sé qué me pasa, y sé qué debo hacer, y sé como debo sentirme, es como querer ir a saltar en el castillo inflable, pero sabes que no puedes.
Carlos invitó a varios de sus amigos a reunirse a tomar y fumar el viernes en la noche, también invito a ese chico con quien el sale, ya el me había contado el día anterior de que iban a venir, de que él iba a venir, me incomodé, no lo pude negar, no lo pude obviamente ocultar, no tengo esa virtud, tuvimos una discusión y me volví loco, me degradé, y dije tantas tonterías como para burlarme de mi mismo por el resto de mi vida y sentir vergüenza.
Mientras todos disfrutaban, y todos reían, y la pasaban bien, yo solo estaba pendiente de no ver de reojo a Carlos y su amigo especial demostrándose cariño, cuando el me dijo el día anterior que no haría eso, que no es su estilo. Conversé con quien tuvo la amabilidad de preguntarme algo, y con quien tuvo la simpática idea de incluirme en la noche, la noche que no se acababa, solo quería dormir.
Poco a poco se despedían, no eran muchos, pero para mi sorpresa, uno se quedó, se quedó a dormir y ocupar el espacio de la cama donde yo pensé que dormiría esa noche, creo que fui inocente, terminé en el sofá, sin pre-aviso, así de simple, tú duermes aquí, y en la siguiente noche pasó lo mismo, pero ya yo sabia cual era mi lugar.
Son lindas las historias de quiebre.
Te liberan.
Y se llevan un poquito de tu dignidad.
